jueves, 19 de marzo de 2009

La mujer habitada

"¡Ah! Pero bien pronto me distraje con la luna. Salió lejos. Se veía grande y amarilla, una fruta madura elevándose en el firmamento, aclarándose, brillando blanca en la medida q se remontaba hacia el punto más alto del cielo. Y las estrellas otra vez y su misterio. La noche siempre fue para mi el tiempo de la magia. Volver a verla despues de tantos katunes (cuantos, me pregunto) fue suficiente para despojarme de la tristeza que empezaba a sentir por todos los "nunca más" que me esperan. Debía agradecer a los dioses por haber emergido de nuevo y respirar por tantas ramas dentro de este ancho verstido verde en que me concedieron volver.
Me puse a mecerme en el aire, a columpiarme sintiéndome liviana. Más de alguna vez pensé cuán erectos y gráciles eran los árboles, como si no les pesaran los anchos troncos. Ahora sé la diferencia entre raíces y pies. Y es que las raíces dan una sensación muy distinta. Son diminutas piernas extendidas en la tierra. La mitad de mi cuerpo está sumido en la tierra. Nunca sentí esta firme noción de equilibrio cuando andaba apoyada en la superficie, cuando solo tenía pies. Es de noche entonces y las luciérnagas revolotean alrededor de pájaros dormidos. La vida bulle en mí como un estar preñada, un telar de mariposas, el lento gestar de frutas en las corolas de los azahares. Divertido pensar que seré madre de naranjas. Yo que tuve que negarme los hijos."


La mujer habitada, Gioconda Belli.

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